31.1.12

Una muchacha y una guitarra...


Un estómago mudo, una sangre obediente, una muchacha y una guitarra.
Para poder cantar hacen falta otras cosas. O todo eso y otras cosas. Como el que saca la voz desde la textura de un dolor que lleva estacionado entre el esternón y la columna vertebral. Ahi mismo.
Para poder cantar, hay que tener todo eso, un poco de dolor. Un instrumento viajando en el viento, que siempre sopla, que a veces se nota.
No hace falta tener donde caerse vivo, porque uno sabe que para caerse muerto, cualquier lugar es imprudente pero no por ello, invíable.
Hay que poder cantar, transformando la nostalgia en una armonía que desgarre pero no rompa. Mas allá de toda técnica, mas allá de toda virtud o defecto.
Una guitarra que sentada adelante, absorbe la primera energía de las miradas.
Todos llevamos voces bien adentro de distintos tipos. Algunos cargan voces cuyo problema no radica en su tenor ni en su color sino en los discursos que vehiculiza. Todas voces que nos conmueven una y otra vez al escucharlas. Que no gastan sus recursos.
Una muchacha sentada delante de todas las narices de un joven veinteañero. Sentada inmóvil, como estatua...como tatuaje. No va a dejarle su voz. Le alcanza con la imagen que le presta.
Una muchacha y una guitarra...

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