20.4.12
Granadero
Hay miles de fotos de la misma escena. Dos de ellas se encuentran en un bar y se saludan. Parece hasta que se dieran un abrazo a la distancia, acercándose en palabras. Esas fotos, que luego se suben a un colectivo o cuelgan la ropa en una soga, se mantienen casi inalterables.
París y sus fotos...y después, todo lo demás.
Amenazas que se ponen bajo techo cuando llueve. Desde el piélago al cielo. Impúdica sonrisa que se imprime sobre el papel.
Vencida por dada. El correcto andar del granadero que traza rectas por Balcarce. Todas las palomas que ya no oye. Una plaza que titila, de canto rodado y pasos. Corría un 86 por al lado del silencio, acercándose sin tocar el paño verde.
Una guerra más que se desata en alguna terraza. Guerra que precisa vivos a ambos bandos y así los mantiene.
El granadero sigue sin oir a las palomas de la plaza, ni a los pájaros que cantan en el patio de su casa de Banfield. En su casa no conserva el andar ni las ropas.
Menuda decisión. Disfracito elocuente. Frente liviana que deja al temor disuelto en la gomina. Dale un reloj nomas. El solito se lo pone y, después de un rato, se olvidará que lo tiene puesto. Sacale el disfraz. ¿Y ahora?
No va a parar. Los relojes; sí.
Equidistante...a mitad de camino.
De variedad y de gusto.
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