
La misma vereda donde la pelota rebotaba una y otra vez. Ahí cuando el sonido de algún motor nos hacía demorar una patada. La entrada del garaje de la vieja del 321 era el arco perfecto. Soñaba que era el arco del tablero.
Era la última vereda de la vuelta del colegio, hacia la merienda. Todas las tardes Armando, el sereno entrerriano de la obra de enfrente, nos devolvía los pelotazos con tanta técnica como displicencia. Tomaba diariamente un río de mate. Ese mismo río que añoraba. El decía que era propio del Río Uruguay y su cauce que le volvieran algunas ideas que tenía allá en su ciudad."Las trae el río, arremolinadas hasta el desorden pero ubicadas, como si supieran en qué orilla te quedaste. No se si el mendocino tiene esa suerte, pero a los mesopotámicos que venimos a Buenos Aires nos pasan estas cosas. El mismo río donde se bañaban aquellos pies pequeños, humedece estos cayos de hoy, de calzado número 43." El decía que no extrañaba Entre Ríos pero siempre me nombraba ocho o nueve apellidos que recordaba. El del gerente del BAnco, el del mozo del bar frente a la plaza...el del director del Colegio. Capaz era un ejercicio para su memoria. No recuerdo a qué edad llegó Armando a la capital. Él creo que tampoco.
Se que recuerda aún sus veredas eternas. Aquellas de Concepción del Uruguay o Colón(a ciencia cierta no se de cúal de las dos ciudades era, pero se que era una de esas dos)
No se camina dos veces de igual forma sobre una misma vereda. Ni queriendo. Eso quizás le duele a Armando. Le duelen los pies, capaz, por aquellos pasos. Quién sabe sino le duelen, en si,por los pasos que no dio.
"No son los pies los que me duelen, sino los recuerdos"
Mientras tanto, al cruzarnos, me sigue saludando de la misma forma "¿Cómo andás pibe? Tanto tiempo" Es cierto, ya no hay pelotas que piquen y los umbrales de las cocheras ya no son arcos, pero el tiempo es mucho aunque no sepamos si es tanto ni para tanto. Será.
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